Relatos eróticos Marqueze. El Sexo que te gusta leer.

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Luis y yo I

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Sentía como esa vara de carne se abría paso dentro de mí y me partía de dolor. Aguanta un poco me dijo. Llegó hasta el fondo y su cuerpo se apoyó en el mío. Apreciaba su pecho velludo apoyarse en mi espalda y sus labios junto a mi oído.  El dolor había disminuido mucho convirtiéndose en placer. Le digo: cógeme.  Comenzó a moverse lentamente en un mete y saca, con su pija dura como un garrote.
Conocí a Luis en el colegio secundario que era exclusivamente de varones. Al principio nuestra relación era solo de amigos y participábamos de salidas y fiestas con otros amigos. En septiembre de 1970 nos invitaron a pasar el día del estudiante en una quinta donde jugamos al fútbol y nadamos en la pileta.

Al final de la jornada llegó el momento de bañarnos para volver a nuestros hogares. Fue la primera vez que vi desnudo a Luis y me gustó su cuerpo delgado y el color de su piel quemada por el sol y… ese pene colgando junto a sus testículos. Al notar que me miraba, me di vuelta disimulando.

Nada ocurrió esa vez, pero a partir de ese momento se despertaron las mejores fantasías con Luis en mis masturbaciones. Luis es morocho de ojos castaños de 1,80 metros de estatura, delgado con unas piernas musculosas.

Pasaron algunos meses y volvíamos desde el colegio a nuestras casas en el mismo bus ya que vivíamos en el mismo barrio. Durante el viaje Luis abrió una carpeta de matemáticas y me mostró la foto de una pareja donde ella le estaba chupando la enorme pija a un negro. ¿Te gusta? me preguntó, es buena le dije, y agregué: en mi casa tengo algunas revistas pornográficas, ¿quieres verlas? le pregunte. Vamos me respondió.

Mis padres trabajaban hasta tarde en la noche, por lo que yo siempre llegaba primero del colegio y tenía toda la casa a mi disposición. Lo mismo le pasaba a Luis. Fuimos a mi cuarto y en el escritorio empezamos a mirar juntos las revistas. Yo miraba disimuladamente su bulto entre las piernas y veía algo de excitación.

Entre todas las revistas había una de relaciones entre hombres y eso provocó su comentario que cambió nuestra relación a partir de entonces. Me dijo: Yo no tendría problemas en cogerme a un hombre, pero tendría que ser una persona conocida y satisfacerme en todo. A lo que respondí: ¿Quieres hacerlo conmigo? Hubo un silencio y me respondió: si.

Lo tomé de la mano y lo llevé a mi cama. Nos desvestimos y me acosté boca abajo, con las piernas separadas ofreciéndole mi culo.

Él se puso detrás de mí entre mis piernas abiertas y comenzó a pasar la cabeza de su pija por la raya de mi culo. ¿Tienes algo de lubricante? me preguntó. Si, en la mesa de noche. Sacó un poco de lubricante del pote y la puso en mi orto, introduciendo un dedo hasta llegar a mi esfínter. ¿Estás listo? me preguntó. Desvírgame, le contesté.

Metió la cabeza de su pene levemente y al llegar al esfínter hubo un poco de dolor y resistencia. Siguió empujando, metiéndola hasta abrirme totalmente el orto. Sentía como esa vara de carne se abría paso dentro de mí y me partía de dolor. Aguanta un poco me dijo. Llegó hasta el fondo y su cuerpo se apoyó en el mío. Sentía su pecho velludo apoyarse en mi espalda y sus labios junto a mi oído. Me dijo: Quiero que seas mi hembra. A lo que respondí: seré tu putita, todas las veces que quieras.

El dolor había disminuido mucho convirtiéndose en placer. Le digo: cógeme.  Comenzó a moverse lentamente en un mete y saca, con su pija dura como un garrote. Sacaba su cabeza fuera de mi orto y la volvía a meter separando mis glúteos, siempre hasta el fondo.  Con cada embestida sus huevos pegaban contra mis glúteos.

El movimiento era cada vez más rápido y noté que estaba por acabar. Sus gemidos eran cada vez más fuertes y en eso dijo:

-Voy a terminar dentro de ti. -Dámela le dije, quiero toda tu leche.

Su cuerpo se estremeció y acabó con espasmos.  Ahhhh… ahhhh… ahhh… ahhhh… ahhhhhh… ahhh. Con cada eyaculación su pija se agrandaba y volcaba dentro de mí su semen caliente. Fueron como siete veces de tremendo placer para él.

Al acabar, su pene perdió su erección, lo sacó y retirándose hacia un costado se acostó boca arriba junto a mí. Miré su flácido pene reposar y pensé en lo mucho que gozaría de ahora en más.

Creo que me quedé dormido junto a Luis. Me desperté cuando su mano acariciaba mi culo y me decía:

-Quiero más.

Yo todavía estaba muy caliente y quería acabar. Al mirar su pija parada como un obelisco de 20cm x 5 cm. y con Luis boca arriba, me pongo sobre él y comienzo a sentarme sobre su pene duro mirándolo de frente.

Esta vez la introducción fue sin dolor y hasta el fondo. Me dijo:

-Cabalga sobre mi pija, putita. -Soy tu hembra le decía, quiero tu lechita.

Yo subía y bajaba sobre él. Subía y me dejaba caer haciendo que mi orto se abriera cada vez más.
Le decía:

-Quiero tener mi orto abierto con la medida de tu pija.

Fue en aquella oportunidad cuando tuve mi primer orgasmo anal. Acabé sobre su pecho con gran cantidad de leche, y unos segundos después él terminaba otra vez dentro de mí.

Quedamos abrazados un tiempo, agotados, pero felices de haber tenido dos orgasmos juntos.

-Estuvo bueno, ¿no? me dijo. -Es solo el comienzo, le respondí.

Me levanté dándole un beso a su flácida pija. Fui al baño a limpiarme y sentado sobre el inodoro vuelco su “enema de semen”.

Era increíble la cantidad de leche que tenía dentro de mí.

Cuando volví, Luis ya se estaba vistiendo y me dijo: la seguimos otro día, hoy ya es tarde y mañana debemos ir al cole.

Continuará…

AUTOR: Alexis5322

alex-y-luis@hotmail.com

La pasión y el amor son ciegos

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Sentía como esa vara de carne se abría paso dentro de mí y me partía de dolor. Aguanta un poco me dijo. Llegó hasta el fondo y su cuerpo se apoyó en el mío. Apreciaba su pecho velludo apoyarse en mi espalda y sus labios junto a mi oído.  El dolor había disminuido mucho convirtiéndose en placer. Le digo: cógeme.  Comenzó a moverse lentamente en un mete y saca, con su pija dura como un garrote.
Conocí a Luis en el colegio secundario que era exclusivamente de varones. Al principio nuestra relación era solo de amigos y participábamos de salidas y fiestas con otros amigos. En septiembre de 1970 nos invitaron a pasar el día del estudiante en una quinta donde jugamos al fútbol y nadamos en la pileta.

Al final de la jornada llegó el momento de bañarnos para volver a nuestros hogares. Fue la primera vez que vi desnudo a Luis y me gustó su cuerpo delgado y el color de su piel quemada por el sol y… ese pene colgando junto a sus testículos. Al notar que me miraba, me di vuelta disimulando.

Nada ocurrió esa vez, pero a partir de ese momento se despertaron las mejores fantasías con Luis en mis masturbaciones. Luis es morocho de ojos castaños de 1,80 metros de estatura, delgado con unas piernas musculosas.

Pasaron algunos meses y volvíamos desde el colegio a nuestras casas en el mismo bus ya que vivíamos en el mismo barrio. Durante el viaje Luis abrió una carpeta de matemáticas y me mostró la foto de una pareja donde ella le estaba chupando la enorme pija a un negro. ¿Te gusta? me preguntó, es buena le dije, y agregué: en mi casa tengo algunas revistas pornográficas, ¿quieres verlas? le pregunte. Vamos me respondió.

Mis padres trabajaban hasta tarde en la noche, por lo que yo siempre llegaba primero del colegio y tenía toda la casa a mi disposición. Lo mismo le pasaba a Luis. Fuimos a mi cuarto y en el escritorio empezamos a mirar juntos las revistas. Yo miraba disimuladamente su bulto entre las piernas y veía algo de excitación.

Entre todas las revistas había una de relaciones entre hombres y eso provocó su comentario que cambió nuestra relación a partir de entonces. Me dijo: Yo no tendría problemas en cogerme a un hombre, pero tendría que ser una persona conocida y satisfacerme en todo. A lo que respondí: ¿Quieres hacerlo conmigo? Hubo un silencio y me respondió: si.

Lo tomé de la mano y lo llevé a mi cama. Nos desvestimos y me acosté boca abajo, con las piernas separadas ofreciéndole mi culo.

Él se puso detrás de mí entre mis piernas abiertas y comenzó a pasar la cabeza de su pija por la raya de mi culo. ¿Tienes algo de lubricante? me preguntó. Si, en la mesa de noche. Sacó un poco de lubricante del pote y la puso en mi orto, introduciendo un dedo hasta llegar a mi esfínter. ¿Estás listo? me preguntó. Desvírgame, le contesté.

Metió la cabeza de su pene levemente y al llegar al esfínter hubo un poco de dolor y resistencia. Siguió empujando, metiéndola hasta abrirme totalmente el orto. Sentía como esa vara de carne se abría paso dentro de mí y me partía de dolor. Aguanta un poco me dijo. Llegó hasta el fondo y su cuerpo se apoyó en el mío. Sentía su pecho velludo apoyarse en mi espalda y sus labios junto a mi oído. Me dijo: Quiero que seas mi hembra. A lo que respondí: seré tu putita, todas las veces que quieras.

El dolor había disminuido mucho convirtiéndose en placer. Le digo: cógeme.  Comenzó a moverse lentamente en un mete y saca, con su pija dura como un garrote. Sacaba su cabeza fuera de mi orto y la volvía a meter separando mis glúteos, siempre hasta el fondo.  Con cada embestida sus huevos pegaban contra mis glúteos.

El movimiento era cada vez más rápido y noté que estaba por acabar. Sus gemidos eran cada vez más fuertes y en eso dijo:

-Voy a terminar dentro de ti. -Dámela le dije, quiero toda tu leche.

Su cuerpo se estremeció y acabó con espasmos.  Ahhhh… ahhhh… ahhh… ahhhh… ahhhhhh… ahhh. Con cada eyaculación su pija se agrandaba y volcaba dentro de mí su semen caliente. Fueron como siete veces de tremendo placer para él.

Al acabar, su pene perdió su erección, lo sacó y retirándose hacia un costado se acostó boca arriba junto a mí. Miré su flácido pene reposar y pensé en lo mucho que gozaría de ahora en más.

Creo que me quedé dormido junto a Luis. Me desperté cuando su mano acariciaba mi culo y me decía:

-Quiero más.

Yo todavía estaba muy caliente y quería acabar. Al mirar su pija parada como un obelisco de 20cm x 5 cm. y con Luis boca arriba, me pongo sobre él y comienzo a sentarme sobre su pene duro mirándolo de frente.

Esta vez la introducción fue sin dolor y hasta el fondo. Me dijo:

-Cabalga sobre mi pija, putita. -Soy tu hembra le decía, quiero tu lechita.

Yo subía y bajaba sobre él. Subía y me dejaba caer haciendo que mi orto se abriera cada vez más.
Le decía:

-Quiero tener mi orto abierto con la medida de tu pija.

Fue en aquella oportunidad cuando tuve mi primer orgasmo anal. Acabé sobre su pecho con gran cantidad de leche, y unos segundos después él terminaba otra vez dentro de mí.

Quedamos abrazados un tiempo, agotados, pero felices de haber tenido dos orgasmos juntos.

-Estuvo bueno, ¿no? me dijo. -Es solo el comienzo, le respondí.

Me levanté dándole un beso a su flácida pija. Fui al baño a limpiarme y sentado sobre el inodoro vuelco su “enema de semen”.

Era increíble la cantidad de leche que tenía dentro de mí.

Cuando volví, Luis ya se estaba vistiendo y me dijo: la seguimos otro día, hoy ya es tarde y mañana debemos ir al cole.

Continuará…

AUTOR: Alexis5322

alex-y-luis@hotmail.com

La caliente Luisa

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Ella se corrió cuando esas pollas se corrieron llenándola de semen. Los dos que la habían enculado no las sacaron y esperaron a mearse en el ano de ella. Los líquidos calientes del pipi expelido la pusieron más caliente aún. Por eso dejó a otros dos que se la metieran a la vez por la figa. Sufrió con esa tremenda penetración que parecía romperla en dos, pero volvió a correrse con ella.
Luisa estaba muy bien para sus dieciocho años. De buen físico y guapa de cara, era una chica que resultaba atractiva para los hombres jóvenes y mayores con los que alternaba. Era tiempo de verano y en la urbanización de la playa donde veraneaba se montó una salida nocturna a una discoteca de moda, el Panal. En dos coches se fueron tres chicas, entre ellas Luisa, y cinco chicos. A las once de la noche llegaron al Panal. Bajaron de los coches y se metieron en la discoteca. Luisa destacaba, con su vestido por encima de las rodillas y su melena negra suelta. Los chicos hablaron entre ellos para ver quien se lanzaba a por ella esa noche. Al final quedaron que fuera Juan Luis, uno que era alto y musculoso, el elegido.

En la discoteca todos pidieron unos cubatas. Luisa, muy animada, se fue a bailar enseguida. Por eso no se dio cuenta como uno de los chicos le echaba algo en su cubata. Era un preparado que se disolvía con algo de yumbina, un estimulante sexual de efectos seguros. Juan Luis cogió el vaso y se lo llevó a Luisa a la pista de baile. “Toma que tendrás sed”, le dijo en un paréntesis del baile. Ella le dio las gracias y se tomó medio vaso de golpe. Luego siguió bailando suelto como lo hacía hasta entonces. Sus tetas bamboleaban con el baile y los hombres la miraban con cara de salidos.

Ella no se daba cuenta, seguía en lo suyo. Pero llegó el momento del baile lento. Juan Luis la agarró y empezó a bailar con ella pegado como una lapa. Luisa le echó los brazos por detrás del cuello, y notó como se endurecía la polla de Juan Luis con el roce. “Bandido, estás salido”, le dijo, apartándose un poco. Juan Luis reaccionó volviéndola a abrazar fuerte e intentando besarla en la boca. Ella no quería, pero empezó a sentir oleadas de calor, ardor sexual, y al final dejó sus labios abiertos a disposición de Juan Luis.

Morrearon como posesos, se metieron las lenguas, ella sintió lo dura que estaba la polla de su pareja, y lo húmeda que se estaba poniendo su figa. Notaba el flujo a oleadas en ella y sin saber por qué deseó que Juan Luis la hiciera suya y disfrutar de su polla.

Juan Luis, al ver que ella estaba a punto, la invitó a salir fuera a dar una vuelta. Salieron amarrados por la cintura, mientras los otros chicos los miraban. Una vez en el exterior la llevó hasta su coche, un 124 blanco. Se metieron juntos detrás, la echó en el asiento trasero, le levantó el vestido y comenzó a meterle mano a la entrepierna.

Luisa gemía, le pedía que no se aprovechara, pero no protestó cuando él metió una mano dentro de sus bragas introduciendo dedos en su chorrosa figa. “Estás chorreando, puta”, le dijo al sacar los dedos y chuparlos llenos de flujo. “Eres un cerdo”, le contestó ella. Juan Luis entonces le sacó las bragas y la dejó abierta de piernas con la figa al aire.

Sin darle tiempo a decir nada, se bajó los pantalones, se sacó la polla y se la metió hasta el fondo. Ella se quejó, se la estaban follando y desde que lo había hecho con unos amigos en una excursión hacía varios meses, la única vez, no había vuelto a tener una polla dentro de ella. Juan Luis era muy brusco. La follaba a golpes, mientras le sacaba las tetas fuera del vestido y las chupaba, mordiendo con saña sus gordos pezones. “Estás buena, estás rica de verdad. Eres una hembra de puta madre”, le dijo. De pronto notó que iba a correrse y la sacó.

La puso en la boca de Luisa y le echó el semen allí, en sus labios, su nariz y también en sus pezones. Cuando acabó, le lamió la figa hasta que ella se corrió, para dejarla a gusto. Entonces, con ella medio desnuda, tirada en los asientos, Juan Luis salió fuera, se subió los pantalones, cerró las puertas del coche, y se fue a la discoteca. Allí le esperaban los otros cuatro chicos y un tío mayor que era pariente de uno de ellos. “La tenéis en el coche preparada para follar. Me la he tirado, pero pienso que quiere más.

No le vendrán mal unas cuantas pollas”, les comentó. Los cinco se fueron enseguida fuera. Las otras dos chicas estaban bailando y ni se dieron cuenta. Llegaron al coche, lo abrieron y Luisa se asustó al ver tanto tío cerca. “¿Qué me vais a hacer?”, les preguntó, pero sin taparse, con sus piernas abiertas, su figa a la vista y sus tetas llenas de semen.

No le dieron tiempo a pensar. La cogieron, entraron todos en el coche, la pusieron encima de ellos, empezaron a meterle mano por todos lados, y uno se puso al volante.

Se la llevaron al apartamento del tío mayor, que estaba cerca, en el Saler. La dejaron arreglarse algo para bajar del coche. Y la llevaron cogida entre dos al apartamento. Nada más entrar en el mismo, dos de los chicos le quitaron el vestido y el sujetador. Quedó desnuda ante ellos.

Los chicos y el tío mayor se bajaron los pantalones, se quitaron los calzoncillos y pusieron sus cinco pollas al alcance de Luisa.

Ella, que se notaba salida como una zorra en celo, no les puso pegas cuando la echaron en una cama de matrimonio de una habitación y se lanzaron todos a sobarla. Luisa notó dedos en su ano, en su figa, en sus tetas. Sintió como le pellizcaban los pezones, le azotaban las nalgas. Luego masturbó con sus pechos las pollas de los cinco. Después le metieron dos pollas juntas en el ano.

Ella se corrió cuando esas pollas se corrieron llenándola de semen. Los dos que la habían enculado no las sacaron y esperaron a mearse en el ano de ella. Los líquidos calientes del pipi expelido la pusieron más caliente aún. Por eso dejó a otros dos que se la metieran a la vez por la figa. Sufrió con esa tremenda penetración que parecía romperla en dos, pero volvió a correrse con ella.

Las dos pollas se corrieron, después de salir de su figa, en su boca. Y a continuación se mearon en su garganta. Luisa recibió el semen y el pipi como si fuera un néctar exquisito. Al final, el último que quedaba se la metió por el culo, le estiró el pelo, se corrió en su ano y la sacó después para mearla en las tetas. Ella estaba hecha polvo, y también se estaba meando. Lo hizo en la cama, soltando un gran chorro de pipi que mojó a los tíos.

Haciéndose los ofendidos, dos de ellos le soltaron dos bofetadas. Luego se quedó desnuda, despatarrada, pringada de semen y orina, con los cinco tíos en la cama, sin saber si habían terminado. Y no lo habían hecho.

Recuperados del primer asalto, la sometieron a dos más. Al final, sus agujeros le escocían y sangraban, sus pezones le dolían mucho, y sus nalgas estaban rojas de tanto azote.

Se duchó, se puso el vestido sin ropa interior. Sus bragas, que olían a hembra, se las habían quedado los tíos. Salieron del apartamento, todos. Eran las 4 de la mañana. La llevaron a casa. Y prometieron que nadie contaría nada de lo sucedido.

Autor: HIGINIO H

Reencuentro

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La follafamosos



Hacía un par de años que no la veía. Pero el día que me la encontré en el puente peatonal a la salida de una estación del Transmilenio (el sistema de transporte masivo en Bogotá), me saludó de tal manera que no parecía que hubiera pasado el tiempo. Me saludó como siempre lo había hecho. No. Me equivoco. No fue como siempre. Fue saludo de beso en la mejilla, pero esta vez fue tan cerca a los labios que fue lo que podríamos llamar un esquinero ¡y qué esquinero!
Hablamos durante unos minutos, intercambiamos números de celular y nos despedimos. Nuevamente, el beso fue “esquineado”.

Seguí mi camino a la oficina con el firme propósito de llamarla en la tarde con dos objetivos claros: comprobar que el número celular que me había dado era el correcto, y el segundo, cuadrar una cita para vernos y reactivar la relación. Sin embargo, ese día estuvo muy atareado. Mi jefe, un hombre muy estricto que no vivía en Bogotá sino en Miami, estaba en la ciudad y ese día por la tarde tenía vuelo de regreso. Como siempre, al final de la jornada, lo llevé al aeropuerto en su carro y luego dejé el vehículo en el garaje de su apartamento.

Al día siguiente, por la mañana, desde la oficina la llamé. Me contestó con voz adormilada. ¡Qué rica la vida de los ricos!, pensé. Mientras yo tenía que trabajar todo el día, ella estaba de descanso. Conversamos un rato mientras ella se terminaba de despertar y convinimos en vernos ese día por la tarde. Como su casa quedaba cerca a mi oficina, ella pasaría por la oficina e iríamos a tomarnos algo mientras nos poníamos al día en los últimos acontecimientos en nuestras respectivas vidas.

Yo la esperaba sobre las 4 y media, pero llegó un poco antes de lo que yo pensaba. Venía hermosa. Aunque Bogotá casi siempre es muy fría, en esa época del año –junio, julio- hacía bastante calor, de manera que ella venía con una minifalda en tela de jean desteñida y una camisetica roja tipo esqueleto muy ceñida que resaltaba su buen cuerpo y montada sobre un par de zapatos de tacón alto; luego me di cuenta que no llevaba medias. Buena señal.

Sin ser una belleza despampanante y tampoco muy alta –mide apenas 1.60-, siempre lograba que la miraran dos veces. Ese día su pelo ensortijado lo llevaba liso y llamaba más la atención.
- ¡Hola! – la saludé con un beso en mejilla; esquineado, desde luego. ¡Sigue, siéntate! Te toca esperarme a que termine lo que estoy haciendo porque me llegaste antes de lo que esperaba.
- No te preocupes – me dijo, con una sonrisita picarona – Me siento aquí juiciosita y espero que termines.
- O.K., no me demoro, entonces – le contesté.

Y se sentó en el “sofá de los aumentos” lo que me hizo esbozar una sonrisa mientras me escondía detrás del monitor de la computadora para que no fuera a creer que me reía de ella. Quedó ubicada de tal manera que mientras continuaba con mi tarea, por el rabillo del ojo podía detallarla mejor. Allí sentada, a pesar de no ser muy alta, las piernas se le veían maravillosas y larguísimas. Como era minifalda, al sentarse se le subió casi ocho o diez centímetros. En otras palabras, escasamente y con dificultades le tapaba los cucos. Cogió una de las revistas que había en la mesilla auxiliar y se concentró en los chismes de farándula.

Cuando por fin terminé, apagué la computadora y me paré de mi escritorio. Cuando me puse de pie, levantó la mirada y preguntó:
- ¿Terminaste?
- Sí, ¡por fin! ¿Me demoré mucho? – le pregunté.
- No, al contrario, te rindió. Me faltan un par de chismes por leer.
- Ah, bueno, entonces termínalos mientras me sirvo un café ¿quieres?
- ¿Café? Sí, bueno, muchas gracias.

Traje las dos tazas de café y la azucarera, deposité la bandeja en la mesilla y me senté a su lado, casi tocando su pierna izquierda con mi rodilla derecha.
- ¿Cuánta azúcar? – le pregunté.
- Una, pequeña, gracias. – me respondió sin levantar la vista de su entretenida lectura de chismes.

Le preparé el café asegurándome que le quedara bien revuelto. Al mío no le puse azúcar porque lo tomo sin dulce. Tiene mejor sabor y es más estimulante, aunque en esos momentos no necesitaba mucho estímulo. La sola visión de sus maravillosos pechos como luchando por liberarse del sostén y la camisetica, pero sobre todo, la erótica visión del medallón escondiéndose entre sus senos, me tenía ya con bastante adrenalina corriendo por mi cuerpo.
- Aquí tienes – le dije mientras le acercaba la taza de café.
- ¡Gracias! – respondió alegremente, mientras dejaba la revista de lado y tomaba la taza y el plato con ambas manos.

Bebimos café y conversamos por un buen rato. Poco a poco y rapándonos la palabra nos dimos a la tarea de ponernos al día en los acontecimientos ocurridos en el tiempo que no nos habíamos visto. Desde luego hubo risas, carcajadas, “inocentes” toques de mano en el antebrazo, la mano o la rodilla del otro y momentos de silencio sonriente mirándonos fijamente a los ojos.

Como era de esperarse, la conversación derivó hacia temas más íntimos. Le conté que yo me había separado de mi esposa hacía casi dos años, lo que pareció alegrarla, y ella me contó que había terminado con su novio hacía un par de meses, lo que evidentemente me alegró a mí.

Seguimos con los temas cada vez más íntimos, lo que necesariamente llevó a que los “inocentes” toques fueran más seguidos y más prolongados. Hasta que hubo una anécdota que nos hizo reír mucho a ambos; tanto que nuestras caras quedaron muy cera una de la otra. Tanto que sin pensarlo me acerqué y la besé suavemente en los labios. Ella reaccionó positivamente. Abrió levemente su boca y me permitió explorarla con mi lengua. Primero con cautela y luego, cuando ella hizo lo mismo, con mayor osadía. Nuestras manos empezaron a explorarnos al igual que nuestras lenguas: primero con cautela, casi con timidez y luego con un deseo irrefrenable de palpar, de conocer con los dedos como lo haría un ciego.

Por la posición en el sofá, mi mano derecha llegó a su nuca y me permitió tomarle la cabeza manteniéndola pegada a mí. Entretanto, con la mano izquierda empecé a explorar sus piernas. Primero sus suaves rodillas y luego sus maravillosos muslos. Poco a poco fui subiendo hasta llegar al borde de su falda y seguí adelante. Primero me dirigí a su cadera derecha y luego me fui al centro. Toqué sus cucos de tanguita y estaba empapada. Eso me puso a mil. Desde luego, para ese momento, mi pene estaba ya bien crecido y pidiendo libertad. Como si lo supiera, ella llevó su mano hasta mi bulto y exhaló un pequeño suspiro cuando lo sintió. No se si porque la sorprendió o la decepcionó el tamaño y la dureza. Ya sabría cuál habría la razón.

Cuando mi mano llegó a su tanguita, ella, como sin querer, casi imperceptiblemente, abrió lentamente las piernas y arqueó hacia adelante sus caderas. Era evidente que quería que continuara.”¡Vamos bien!” pensé. Y seguí adelante. Inicialmente la acaricié por encima de la tanguita, pero al sentir que se arqueaba, fui más audaz y metí mis dedos detrás de la tela de los cucos. Estaba depilada por completo. Busqué y encontré sus labios. Primero los exteriores y luego los interiores. Estaba empapada. No tardé en encontrar su clítoris y cuando lo toqué estaba palpitante. El roce le hizo dar un respingo.
- Perdón, ¿te hice daño? – le pregunté, mientras retiraba la mano.
- No – jadeó – sigue – me exigió. Luego me enteraría que esa parte de su cuerpo es especialmente sensible y que con solo tocarla en un momento de excitación le hace sentir corrientazos por todo el cuerpo.

Continué con mi tarea haciéndola brincar varias veces por los espasmos. A la vez, ella refregaba mi pene por sobre la ropa cada vez con mayor fuerza. Me tenía a mil. Las huevas me estaban empezando a doler por la excitación. Saqué mi mano de bajo su falda, medio me incorporé en el sofá, y sin dejar de besarla en la boca, el cuello y las orejas, también la enderecé un poco para poder utilizar mi otra mano. De esta manera, con una mano ataqué su entrepierna y con la otra fui directo a sus senos. Primero por encima de la blusa y luego por debajo de ella. Subí la mano y toqué sus pechos. Estaban duros. Deliciosos. Los pezones parecían un botón deseando ser oprimidos. Retiré como pude el brasier y sus maravillosas tetas quedaron en mi mano.

Cuando sintió el contacto se agitó un poco, y en respuesta, con sus manos buscó mi bragueta, la abrió y metió la mano. Primero se agarró a mi pene por sobre el calzoncillo pero rápidamente metió la mano más adentro y agarró mi pene con sus ágiles dedos y comenzó a masajearlo con destreza.
- Quiero chupártelo – me dijo jadeando.
- ¡Adelante, es todo tuyo! – le respondí encantado.
- Párate – me ordenó.
Yo me puse de pie delante de ella y saqué mi pene que de inmediato le apuntó directo a la cara. Ella lo miró golosa, con lujuria, soltó mi cinturón y terminó de abrirme el pantalón que se escurrió y cayó al suelo. Cuando el celular que estaba en un estuche del cinturón golpeó el suelo, se sobresaltó.
- Oye ¿y si alguien nos encuentra? – me preguntó alarmada, agarrando mi pene con una mano y las bolas con la otra.
- No te preocupes – la tranquilicé. Como el jefe, que es tan estricto, viajó ayer y hoy es viernes, les di la tarde libre para que se relajen.
- ¡Muy conveniente! – me dijo sonriendo y metiéndose mi pene en la boca.
No le pude responder. Su forma de chupármelo me dejó sin habla. Escasamente podía respirar entrecortadamente. “¡Carajo! ¡Es una mamadora espectacular!”, pensé. Nunca nadie me lo había mamado en esa forma. Su mano subía y bajaba mientras ella se entretenía con el glande. Lo lamía, lo chupaba y lo succionaba. Lo soltaba y recorría todo el palo con su lengua. Chupaba mis huevas y con su mano acariciaba mi periné. Con la otra mano, me agarraba la nalga y la estrujaba mientras trabajaba con su boca. Sus suaves gemidos me indicaban que se lo estaba gozando. ¡Y yo sí que lo estaba gozando!

Después de casi quince minutos de chuparme y acariciarme el pene y las bolas por todos los lados, como si nunca hubiera visto uno, se dio cuenta que yo estaba a punto de llegar, de manera que se lo sacó de la boca y se puso de pie. Me besó como queriéndome arrancar los dientes. Como si quisiera asegurarse que yo me diera perfecta cuenta que era esa la boca que había estado chupando, lamiendo y succionando mi verga durante un cuanto de hora.
Entretanto, mis manos se metieron debajo de su falda. La tanguita era un hilo dental que dejaba completamente libres sus deliciosas nalgas, las cuales me dediqué a acariciar con fuerza. Luego, mientras una mano se encargaba de ese culo maravilloso, la otra se fue directa a su cuquita que estaba absolutamente empapada. Mientras con una mano me encargaba de su clítoris y su empapada cuca, con la otra busqué y encontré su ojete. Cuando sintió que mis dedos se encargaban de sus huecos se estremeció.
- Métemelo, por favor – rogó jadeante. Quiero que me lo metas…
Me agaché y con las dos manos le quité la tanguita. Aproveché la ocasión para devolverle el favor y mi lengua se dirigió como un misil hacia su cuca. Estaba deliciosa. Húmeda. Con un sabor particular que no había probado en ninguna cuca. Estuve entretenido en su concha unos cinco minutos.
- ¡No aguanto más! – dijo casi gritando. ¡Métemelo o te lo arranco!
- Recuéstate – le dije.

Y se acostó en el sofá con sus piernas abiertas, la falda alrededor de la cintura y la blusita a manera de bufanda. Los ojos vidriosos y las pupilas dilatadas. La visión era maravillosa. La cuca húmeda y las tetas sonrosadas por mis apretones.

Me incliné, y guiando mi pene con una mano, acerqué la cabeza a su cuca, golpeándole los labios externos como quien toca a una puerta pidiendo entrar.
- Adelante, ¡mételo! – ordenó.
Y empecé a meterlo despacio, con cuidado. Ella jadeaba y pedía: “¡Hasta el fondo! ¡Quiero sentirte!” De manera que me dejé ir de un solo jalón y se lo metí hasta la empuñadura.
- ¡Aaaahhhhhh! – gritó, como si le faltara la respiración.

Empecé mi movimiento de mete y saca y rápidamente ella se empezó a mover al compás. Podía sentir las paredes de su vagina en la punta de mi pene. Estaba absolutamente encharcada. Era una delicia. Para no venirme tan pronto, alterné el ritmo varias veces. Ahora rápido, ahora lento. Eso la enloqueció, y si no estoy mal, con el sistemita logré que se viniera unas dos o tres veces.

De pronto sentí que me venía y caí en cuenta que en el afán no me había puesto el condón y se lo dije mientras me retiraba.

Se quitó rápidamente la falda y me dijo:
- Sigue, y cuando vayas a llegar me lo echas en las tetas.
- Vale – le dije por toda respuesta, y la volví a penetrar.

Esta vez el ritmo fue frenético. Le di como loco mientras ella gemía y gritaba con cada embestida. Cuando sentí que me venía, lo saqué, ella lo agarró y terminó de pajearme mientras yo eyaculaba sobre sus tetas y su vientre plano. Hacía años no eyaculaba de esa manera. A ella, eso la excitó tanto que volvió a tener un gran orgasmo, me dijo después.

Cuando terminé, me la volvió a chupar hasta que me la dejó limpia por completo.

- Delicioso – fue todo lo que dijo, mientras se fue para el baño con paso inseguro. Voy a limpiarme. Ya vengo.

Cuando regresó cinco minutos después, yo ya me había vuelto a vestir y estaba arreglando el escritorio para marcharnos. Al fin de cuentas, era viernes y la noche era joven. Ella ya se había vuelto a acomodar la blusa, el sostén y la falda.
- ¿Mis cucos? – preguntó.
- Ya no son tuyos. Ahora me pertenecen y los voy a guardar de recuerdo. – le contesté.
- ¿Cómo? – me preguntó entre sorprendida y cómplice.
- Lo que oíste – le respondí tratando de hacerme el serio y no mirarla para no reírme.
- Muy bien. No hay problema me dijo – evidentemente divertida por la situación. Pero para que te los ganes con merecimientos, me vas a llevar a un sitio a comer, luego a bailar y por último a terminar lo que empezamos aquí ¿estamos?
- O sea, las tres erres – le dije.
- ¿Las tres erres? – preguntó intrigada.
- Rumba, Restaurante, Residencia – le respondí sin inmutarme. Solo que la residencia será la mía, es decir, mi apartamento, ¿te parece?
- Me parece – me respondió, evidentemente complacida por la perspectiva del viernes que le esperaba, cuando sonó su celular.
- Dame un minuto – me dijo mientras cogía el celular y me daba la espalda. Hola, mamá ¿Cómo estás? Sí señora, todavía estoy con Mariana y posiblemente me demoro porque tiene unos primos que llegaron de visita al país y quieren que los llevemos a conocer la ciudad. Sí, mamá, son gente seria y decente. No mamá, son casados y vinieron con las esposas. Vamos a ir los seis. No se, mami. A lo mejor terminemos tomándonos unos tragos en el Atlantis. Sí, mamá el Atlantis, el centro comercial de la ochenta y una con doce. Sí, mami. Ese. Donde compramos tus carteras. Bueno. O.K., mami yo te aviso. Pero no me esperes despierta. Si nos demoramos mucho, me quedo donde Mariana. No, no. No te preocupes. Los primos se están quedando en un hotel. Yo me quedo con Mariana en el diván del estudio. O.K. má. Te llamo. Chao. Besos.
Yo no le había perdido detalle mientras hablaba. La espalda era perfecta y el culo respingón. El pelo, ahora liso, le llegaba a mitad de la espalda y le confería un aspecto súper sexi. Cuando terminó, se volteó y me miro interrogante:
- ¿Qué? ¿Qué tengo? – preguntó mirándose las piernas y alisándose la falda.
- Nada, solo te admiraba. – le respondí. Admiraba tu cuerpazo y la forma tan extraordinaria como manejaste a tu mamá. ¡Mis respetos!
- Ja, ja, ja, ja – se carcajeó. ¡Tocaba! Primero, porque mi adorada madre es muy conservadora y retrógrada y todavía te odia, y segundo, porque luego de lo que pasó aquí, no te me escapas. Así que, caballero, a cumplir lo prometido – me dijo mientras me besaba en la boca y me volvía a agarrar el bulto que empezaba a recuperarse.
- O.K., señorita. Vamos. – le respondí, y salimos de la oficina decididos a tener el mejor viernes que hubiéramos podido tener en años.
Y lo fue. Pero lo que ocurrió esa noche, y el sábado por la mañana será tema de otro capítulo.
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