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El chalet del jefe de mi marido

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Chupé su verga una y otra vez, a la vez que él me despojaba de mi parte alta del bikini y liberaba mis pechos. Luego, fue un caballero. Apartó de mi boca su polla y se agachó delante de mí, y me lamió sin descanso. Mordí mis labios, gemí, después de darme placer unos minutos, se levantó y cerró la puerta de la bodeguilla y me despojó de la braga del bikini. Volvió a besarme y lo irremediable llegó.
Mi marido tiene un jefe de lo más original. Cuando se aburre, simplemente se gasta una pasta, organiza una fiesta. Tiene un hermoso chalet a las afueras de Madrid. Le ha costado una pasta. Tiene un montón de millones dentro de el. Objetos de los más variados. Traídos de los lugares más recónditos del mundo. Y no le importa organizar esas fiestas para sus empleados y que ellos mismos campen a sus anchas por su casa. Supongo que no tendrá miedo de que le roben algo, siempre le queda la opción de despedirlos a todos en grupo, si algo le faltara. Organizó una fiesta y como era costumbre, invitó a sus empleados más afines. Mi marido lleva un año en la empresa y no habíamos asistido nunca a esas fiestas de las que tanto se hablaba. Por fin iba a organizar una y nos iba a invitar. Mi marido subía rápido. No era un trepa, pero era muy listo. Su compañero Borja, le había dicho que pasaría a recogernos a nuestra casa a eso de las 9 de la mañana. Nos pareció bien la idea y nos preparamos para no hacerle esperar. Probablemente, pasaríamos la noche en el chalet de su jefe, con lo cual preparé una maleta pequeña con una muda y unos pijamas.

Borja pasó a las nueve en punto. Borja no está casado. Borja no tiene novia. Borja es simpático. Borja es guapote y tiene buen tipo. Borja es joven, tiene 30 años. Borja cae bien. Borja es el medio ojito derecho del jefe. El otro medio ojito es una secretaria que tiene permanentemente a su lado y de la cual se rumorea que tiene líos de vez en cuando con él en el despacho. En fin, Borja es lo que mi marido quiere llegar a ser. Borja nos fue contando, bueno, me fue contando, como es la vida de mi marido y la suya propia en la oficina, dentro del departamento de contabilidad. De vez en cuando hacía comentarios graciosos y provocaba que me desternillara literalmente de risa. Mi marido también reía. El viaje hasta el Escorial, se nos pasó en un pis pas.

Cuando llegamos al chalet de D. Pedro, él andaba por allí en bañador y con una cerveza en la mano. Eran las 10 de la mañana y nos saludó como si diera una importancia extrema a nuestra presencia allí. Nos llevó hasta una habitación y le dijo a mi marido que esa era la nuestra, que dejáramos nuestras cosas y que nos pusiésemos el bañador, que la piscina estaba de lo lindo y el agua estaba caliente. A Borja, su Borja, le indicó otra habitación próxima a la nuestra y le recomendó lo mismo. Bueno casi, pues a él le dijo que a ver si era la última fiesta a la que acudía sin pareja. El protestó y respondió que otras compañeras y compañeros se encontraban en la misma situación, pero D. Pedro le dijo que eso a él no le importaba, que él necesitaba una mujer a su lado para que asentara la cabeza. Yo sonreí al encontrarme con la mirada de Borja. Nos perdimos en nuestras habitaciones no sin antes oír la recomendación de D. Pedro de que nos diéramos prisa y bajáramos a encontrarnos en la piscina con el resto de empleados que ya habían llegado.

Habríamos allí unas 40 personas, de las cuales unos 30 eran empleados de D. Pedro. Los diez restantes, éramos esposas o esposos de sus subordinados.

Nos pusimos nuestros bañadores y bajamos al encuentro del resto. Yo me había puesto un bikini azul y mi marido un bañador negro. Por las escaleras nos encontramos con Borja que llevaba un bañador algo ceñido y dejaba ver a las claras su “paquete”. Una vez al lado de la piscina, nos acercamos a una de las mesas donde se servían aperitivos y bebidas. Mi marido y yo tomamos algo y él me presentó a alguno de sus compañeros así como a sus parejas. Cerca de las 12 de la mañana, es decir, dos horas después, nos dimos el primer baño. La gente se arremolinaba alrededor de la piscina y unos eran empujados y otros reían sin cesar. Observé con cierto estupor como los allí congregados bebían más de la cuenta. Les eximí pensando que eso era debido a que se iban o nos íbamos a quedar a dormir. Mi marido se lo pasaba en grande. Parecía que quería hacer gracias para llamar la atención de los demás, en especial de Pedro. Borja hablaba con unos y con otros derrochando simpatía. Yo tuve que soportar la conversación un tanto estúpida de una mujer que era la mujer de otro compañero de mi marido. Hablaba mal de todo el mundo, excepto de D. Pedro y de Borja. Se diría que allí todo el mundo quería contentar o hacer gracias a D. Pedro. Y en cuanto a lo de Borja, me atrevería a decir que le gustaba. Aunque la verdad, creo que Borja gustaba a todas las mujeres por esa forma de ser que tenía.

Después de darme un par de baños, en los que mi marido ni me prestó atención, salí del agua a tomar el sol. Observé en la lejanía como se lo pasaba muy bien con otros dos compañeros. No sé que estarían hablando, pero no paraban de reír. Al rato se acercó a mí y me ofreció un cigarrillo que acepté gustosa. Hablé con él y me estuvo contando que se estaban riendo de una mujer que andaba por allí, al parecer la mujer de un oficial contable, que no paraba de decir jilipolleces, pues estaba un poco bebida. Le regañé y le dije que no se riera de nadie, que él también estaba algo pasado. Me preguntó si me lo pasaba bien y le dije que si, pero que me estaba entrando sueño. Me dijo que aguantara hasta después de comer, hora en que los hombres se iban a echar una partida de cartas y las mujeres jugaban al Brokermi, una especie de juego de cartas. Le dije que yo no quería jugar a las cartas y menos a un juego que ni conocía y él me contestó que entonces me fuera a dormir.

Con estas andábamos cuando fue reclamado por D. Pedro. El se levantó de inmediato y me dejó allí. Observé como D. Pedro le ponía una mano en el hombro y le miraba a la vez que hablaba a un grupo de gente. No le di importancia. Pensé que mi marido estaría a sus anchas ante semejante escena. Ensimismada con esa visión y con mis pensamientos, no noté la presencia de Borja a mis espaldas.

-Hola. Te veo muy sola. Dijo.-Mi marido, se ha ido con D. Pedro. Respondí señalando al grupo.-Lo sé. Le va a proponer algo. No me lo ha querido decir, pero lo imagino. Dijo él. -¿Qué le va a proponer?-No te lo puedo decir. No soy la persona indicada para hacerlo. Ten paciencia. Todo saldrá bien. Dijo y se alejó de mi lado.

Me quedé pensativa. Tal vez le iba a subir el sueldo. Tal vez le iba a ascender. Comencé a pensar en lo que le podría estar diciendo e incluso estuve tentada de ir hacia el grupo, así me enteraría. Desistí al no ver en el grupo a ninguna mujer. Llegó la hora de comer y así lo hicimos. De pie. Bajo los árboles. En plan aperitivos, donde no faltó el marisco de primera calidad. Pregunté a mi marido, que es lo que le quería D Pedro y él me dijo que nada, que había estado hablando muy bien de él, que había reconocido el buen trabajo que había hecho en ese año en la empresa y que llegaría lejos. Después de comer la gente se fue esparciendo por el césped, a la sombra unos, otros al sol, hasta que llegó la hora de la partida de cartas. Ellos se fueron a jugar a la bodega del chalet y ellas se fueron al salón de la casa a lo mismo. Decidí que era el momento para echarme un rato la siesta. Me incorporé, recogí mi toalla y cuando la estaba doblando apareció Borja.

-¿Te vas a jugar a las cartas? Me preguntó. -No. No se jugar. Iba a echarme un rato en mi habitación. Dije. -Haces bien. Estas partidas acaban a las 8 o las 9, antes de la barbacoa. Y son las 5 de la tarde. Se tomarán cuatro whiskys, se fumarán un buen cohíba y luego saldrán todos en tropel para hacer la barbacoa y demostrar a D. Pedro que se es mejor que el compañero. Es una competencia, aunque leal, alguna vez, desleal. ¡Parecen jilipoyas!

Así estuvimos cerca a de 15 minutos hablando de bagatelas. Al cabo de ese tiempo me dijo que me invitaba a tomar algo en la bodeguilla de la piscina. Acepte, pues pensé que no sería malo que me tomara algo con él. Era tan agradable, nos había traído en su coche y era tan atento…No veía razón para negarme. Al preguntarle que si él no jugaba a las cartas, él me dijo que no era su estilo. Prefería valorar otras cosas en la vida. Le pregunté…

-¿Cuáles, por ejemplo? -La belleza que desprende una mujer guapa, bella, sencilla y amable como tú. Su compañía. Esa fue su respuesta ante la cual me puse visiblemente colorada. Él rió.

Así pasamos otro cuarto de hora más. Charlando y charlando de cosas cada vez más profundas. Se diría que estaba intentado flirtear conmigo. No lo sabía, pero si era así, no me importaba. A todas las mujeres nos apetece de vez en cuando que alguien se interese por nosotras. Entonces él, al menos así lo quería hacer ver, reparó por vez primera en mi bikini. Me dijo que era muy bonito y acercando una mano a mi braga, tocó su tela. Yo no hice nada. Tampoco debía hacerlo, él no me tocó. Tomó entre dos dedos una parte de mi braga y lo examinó para ver la calidad de la tela. Luego remató el hecho diciendo que era de la misma calidad que el suyo, ante lo cual yo miré su bañador ajustado y me encontré con el paquete de Borja otra vez. Sonrió y me dijo que tal vez fuera algo escandaloso, pero que al fin y al cabo, era un bañador. Ya se daba cuenta que era llamativo, no por el color, ni la forma, si no por lo que dejaba o insinuaba que había debajo. En fin, que cada cual tenía lo que tenía y él tenía eso, y eso se notaba así como yo tenía una raja y mi bikini la delataba, pues parecía una hucha esperando monedas. Me partía de risa por la forma que tuvo de referirse a mi raja.

Lo dijo con esa cara, con esa voz, con esa simpatía que no pude molestarme ante semejante comentario impertinente. Tomó su copa en las manos, brindó conmigo por la amistad, que según  él, estaba fraguándose entre mi marido y él, porque eso le permitiría disfrutar de mi presencia de vez en cuando. Lo agradecí y choqué mi copa con la suya diciendo “un, que así sea”. Seguimos hablando y llegamos a un punto de la conversación en la que me comentó lo que era un secreto a voces, que D. Pedro tenía una secretaria, Isabel, que era una amiga o una empleada íntima. Nos reímos con sus ocurrencias y nos fumamos un cigarro. Le noté algo nervioso y le dije que si quería nos podíamos marchar con los demás. Él me dijo que estaba muy a gusto conmigo y que no le apetecía nada, respirar el ambiente de humo de los cohíbas que se estarían fumando. Me dijo que nadie nos echaría de menos, al menos a él. Yo le dije que mi marido tampoco y nos reímos otra vez, a la vez que brindábamos otro sorbo por que se yo que cosa.

Sentado a mi lado, se acercaba cada vez más a mi cara para decirme o susurrarme tonterías. Yo le dejaba pero reconozco que la situación estaba resultándome un tanto embarazosa. Me puse en pie y él también. Me preguntó que si me ocurría algo y le dije que no, que tenía calor. él accionó un mando y el aire acondicionado inundó la bodeguilla. Aprovechó que yo me senté otra vez para abrir la puerta de la bodeguilla y echar un vistazo fuera. Le oí decir algo y no presté atención. Cuando lo repitió en voz más alta, me intrigué.

-No me lo puedo creer, vaya, vaya con Manoli. Dijo. Ven, acércate y mira. Y dime que no es mi estado, dijo señalándose a su bulto que había aumentado ligeramente.

Me incorporé y me fui hasta la puerta. Allí estaba una empleada de D. Pedro, Manoli, tumbada bajo un árbol con los ojos cerrados y una mano metida dentro de la braga del bikini.

-Se está masturbando. Dijo Borja.

No dije nada. Él se giró y me sonrió.

-En fin cada cual es muy libre. Si es eso lo que la apetece…pero habiendo tanto varón suelto por aquí…..caray con Manoli. Dijo algo excitado. ¡Será el calor!

La tal Manoli estaba claro que se estaba haciendo una paja, al menos se lo estaba acariciando. Supongo que estaría desinhibida y algo ebria. Tomamos asiento de nuevo y ahora la conversación tomó unos derroteros distintos. Se hablaba de sexo. De Manoli, de las mujeres y de los hombres en general. De la libertad, de los cuernos, de porque no se había casado. Llevábamos una hora en la bodeguilla. Miré el reloj, eran las seis de tarde. él se arrimaba con su cuerpo y con su boca cada vez más. Empecé a sospechar que me quería besar, pero lo descarté, pensando que no se atrevería al ser yo la mujer de su compañero. Se puso en pie de golpe y vi el bulto de su bañador. Estaba empalmado. Muy tieso. Le oí decir algo.

-¡No joder, no! ¡No puede ser!

Al preguntarle que le ocurría, me dijo simplemente lo que no esperaba oír ¿o sí?

-Mira como estoy, dijo señalando el bulto de su entrepierna, y esto es porque estoy contigo. Y si no fueras la mujer de mi compañero de oficina, otra cosa sería, pero no puede ser. Tú estás casada y tu marido goza de mi aprecio y del aprecio de D. Pedro. Yo me he pasado de la raya. Lo lamento de veras. No me hagas caso. -¿Y en que momento has pensado que podía haber algo entre nosotros? Eso fue lo que pregunté. Nada más. -No lo he pensado. He visto que eres distinta a las demás. Eres guapa y eres una persona inteligente con la cual da gusto tener una conversación sobre cualquier tema. Tal vez debería irme y salir a ver si Manoli está con su masturbación y quién sabe, tal vez nos consoláramos los dos. Me dijo muy tranquilo. -Sí. Tal vez eso es lo que deberías hacer. Le dije mirando el bulto de su entrepierna. Te va a estallar el bañador. Le dije a la vez que me reía.

El se sentó a mi lado. Arrimó su cara a la mía y se quedó un rato escrutando mis ojos. Luego se decidió. Su boca se pegó a la mía y me besó en los labios. Un mareo me invadió. Un vértigo me devoró. No podía estar ocurriendo aquello. Era Borja, el amigo y compañero de mi marido, Sin tiempo él puso su mano en mi espalda y volvió a besarme. Y me dejé. Dejé que me besara con su lengua. Y reclinado sobre mí siguió besándome y acariciando mi espalda. Un movimiento extraño en su cuerpo al que no di importancia, pues tenía los ojos cerrados, me desmadejó por completo. Tomó mi mano en la suya y la llevó hasta su entrepierna. Allí me topé con sus huevos y su polla. Y no había bañador.

Abrí los ojos y miré. Los últimos vestigios de su bañador, descendían por sus piernas hasta sacarlo de su cuerpo. Quise decir algo pero con sus besos lo impidió. Solté aquello que había cogido en mi mano, y la retiré sin que él acusara el menor impacto. Siguió aplicándose en los besos. Besos que yo no negaba por otra parte. Luego su mano se hizo más solicita y se posó encima de la braga de mi bikini. Mis piernas abiertas fueron el camino fácil que él esperaba encontrar. No es que las tuviera excesivamente abiertas, pero si lo suficiente para que él posara un dedo sobre mi raja. Con el dedo encima del surco que se vislumbraba debajo del bañador, él susurraba cosas muy bajito y me besaba. Me reclino hacia atrás y comenzó a frotar cada vez más intensamente su dedo.

Mi mano solita, sin que nadie la guiara, se fue a su polla y la amarró por el tallo. Me sorprendí iniciando los vaivenes de subida y bajada de su prepucio. Estaba dura. Fuerte, él seguía sondeándome por encima de la braga. Abrí mis piernas más. Debió pensar que era la contraseña para acceder a más. Separó un lado de mi braga y dejo mi coño al descubierto. Ahora su dedo se impregnó de mis flujos y el tacto fue más suave debido a la lubricación.  A todo esto seguía besándome con ardor. Introdujo un dedo dentro de mí y me hundí en mis miserias.

Traté de incorporarme para protestar o para chupársela. ¡Que sabía yo! Yo estaba nerviosa y viciosa a la vez. No me podía imaginar allí sentada haciéndole una paja a Borja. No podía ni sospechar una hora antes que ahora él estaría metiendo un dedo en mi coño. Atiné a decir algo entre beso y beso.

-No debemos hacer esto, no está bien Borja. Soy una mujer casada. Eres el compañero de mi marido. -Chisssss, todo está bien si se hace a gusto. Replicó él aplicándose otra vez en mi boca y sondeando más en mi interior con su dedo. -No….Borja…no está bien…dejémoslo estar….no está bien…Mis palabras iban perdiendo fuerza cada vez más. -Borja, por favor, no, déjame te lo ruego…Estoy casada.  -No importa. Es lo que nos gusta. Dijo.

El muy hábil, había dado con mí clítoris y lo masajeaba provocando en mí un deseo ya irrefrenable. Se puso en pie ante mí y me ofreció su verga dura e hinchada para que yo la tomara con mi boca. Lo hice sin esfuerzo. Chupé su verga una y otra vez, a la vez que él me despojaba de mi parte alta del bikini y liberaba mis pechos.

Luego, fue un caballero. Apartó de mi boca su polla y se agachó delante de mí, y aún con mi braga puesta, separándola más, me lamió sin descanso. Mordí mis labios, gemí, y apreté mis pechos con mis manos. Después de darme placer unos minutos, se levantó y cerró la puerta de la bodeguilla y me despojó de la braga del bikini. Volvió a besarme y lo irremediable llegó.

-Follemos. Me dijo. -No Borja, por favor, no hagamos más. Dije sin fuerza alguna y deseosa de que su polla se incrustase en mi. -No podemos quedarnos así. -Terminemos. Yo te la chupo hasta que te corras.

Ni puto caso. Se arrimó a mi cuerpo. Se pegó a el. Noté su pene en mi vientre. Percibí como se abría paso en mi interior hasta metérmela toda. Luego el vaivén acompasado y deseoso, dio paso a una serie de gemidos de ambos, solo interrumpidos por una pregunta.

-¿Te proteges de alguna manera? -Siiii. Fue todo lo que dije dejada llevar por el placer que me estaba proporcionando el polvo con Borja.

No tardamos demasiado en corrernos, tal vez por los nervios de la situación. Yo aguantando todo el ruido que emergía de mi garganta y él apretado contra mí hasta acabar de soltar todo su semen en mí interior. Terminado el polvo, me besó, cosa que agradecí y rápidamente nos vestimos. Yo me limpié con unas servilletas y él me miro preguntándome que si tomaba pastillas.

-Tranquilo Borja, si las tomo. No me puedo quedar embarazada. Dije relamiéndome aún por el polvo, que por inusual e inesperado, me dejó tremendamente corrida.

Cuando íbamos a salir de la bodeguilla giré mi cabeza hacia la única ventana que había en ese cuarto. Allí me encontré el rostro de Manoli tan sorprendida como yo. Se lo dije a Borja.

-¡Joder, nos ha visto Manoli! -¡Y que importa, no dirá nada! Dijo él. -Pero ¿Y si lo larga por ahí? Nos ha visto. Nos ha visto follar. No sabemos el tiempo que llevara mirando por la ventana.-No dirá nada. Tranquilízate. Sólo tú y yo, sabemos lo que ha ocurrido aquí. De Manoli, ya me encargaré. Ella no dirá nada.

Claro que no iba a decir nada. Esa noche estuvo toda la noche en la cama de Borja. Era el silencio. Era el precio que hubo de pagar Borja por mí y por mi estabilidad matrimonial.

Al día siguiente, nos regresamos a Madrid muy temprano. Borja tenía cosas que hacer y aunque le había dicho a mi marido que nos quedáramos, que nos regresaríamos con alguien o incluso en taxi que él muy justamente pagaría, decidimos irnos de regreso a Madrid en su coche. Nos dejó en la puerta de casa.

El camino de regreso ya no fue como el de ida. Ya no hubo bromas de Borja. Ya no era o no se mostró simpático y agradable. Fue todo el camino mirándome por el espejo retrovisor mientras escuchaba la sarta de jilipolleces que hablaba mi marido del día de antes. Mi marido no paraba de reírse de Manoli, de la otra compañera borracha, e incluso se permitió criticar a D, Pedro con lo que eso podía suponerle, pues delante de él estaba su brazo derecho.

Un beso por despedida y subimos a casa. Mi marido se sentó en el salón, y yo me fui a la habitación. Me dispuse a ducharme y detrás mío él.

Pasó el mes y no me bajaba la regla. No le di importancia. Pasó el segundo mes y me tocaba descansar. El tercer mes fui a por la primera píldora, y mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí en un cartoncillo aquella pastilla que me tenía que haber tomado el sábado del chalet y por la excitación de la fiesta, no lo había hecho.

Después de acudir al médico, se que estoy embarazada de tres meses. Mi marido no da crédito. No quería hijos ahora. Su trabajo era lo más importante. Pero lo peor es que yo no se quien es el padre, si Borja o mi marido. No puedo abortar, pero algo me dice que el padre de esta criatura que llevo dentro es Borja.

Por cierto, Borja ha anunciado que se casa con Manoli. Aquella noche debió ser muy prometedora para él. Tenía cara de puta y se comportaba como tal.

Que cosas tiene la vida, Manoli tiene a Borja en su cama y yo tengo a su hijo en mi vientre. No tengo dudas.

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Con mis manos busqué su enorme falo, y lo metí en mi conchita. Al principio solo permitió que la cabeza entrara, y yo apretaba las piernas y le gritaba que lo metiera todo, pero él se hacía de rogar. Pero cuando menos me lo esperaba, lo metió todo de un solo golpe, mi gemido pareció más un grito que otra cosa. Siguió metiéndolas de golpe hasta el fondo y sacándola lentamente.
Hola soy Sofía, una mujer de 23 años, casada desde los veinte. No hemos tenido hijos pues esperamos a terminar nuestras carreras. Lo que estoy apunto de contarles es algo que pasó durante el primer año de nuestro matrimonio al establecernos en un edificio de departamentos cerca de el centro de Guadalajara, Jalisco.

Como un matrimonio que apenas comenzaba, no podíamos pagar algo más caro así que nuestro primer hogar fue ese pequeño departamento. Mi marido trabajaba de vendedor en una empresa automotriz, y salía desde las 9 de la mañana para regresar pasadas las 7 de la tarde. Y yo por mi parte, iba a la escuela por la mañana y regresaba cerca de las 2 de la tarde y me dedicaba a los asuntos hogareños. En nuestro piso había cuatro departamentos donde vivían dos familias con hijos y una pareja, Angélica y Javier, que aunque no tenían hijos aún, la chica tendría algunos meses de embarazo.

Yo seguido me topaba con Javier en las escaleras cuando llegaba de la escuela y él llegaba de su trabajo para pasar la hora de comida con su mujer. Subíamos los cuatro pisos platicando de cualquier eventualidad y al llegar al piso nos despedíamos con un “hasta luego” y no había más que eso.

Javier era un chico de unos veintiocho años delgado y alto, de piel blanca y unos ojos verdes que más que intensos eran alegres. Su voz era muy tosca aunque su sentido del humor era muy agradable. Mi esposo seguido salía al pasillo y se sentaban juntos a fumarse un cigarrillo. Muy seguido se les escuchaba riéndose, platicando de no se que cosas.

Las vacaciones llegaron, y la escuela me dio un grandioso mes para descansar de ella, así que yo pasaba casi todo el día en la casa, a veces platicando con mi marido por el Messenger, o viendo algún programa de televisión. Una de esas tardes, cuando salí a comprar lo que necesitaba para la comida del día, me topé de nuevo con Javier quien se veía cansado. Al preguntarle me dijo que su esposa se había puesto delicada por el parto, y que la había llevado con su mamá para que la cuidara los dos últimos meses de su embarazo.

Mientras platicábamos noté que muy seguido me volteaba a ver las piernas, como queriendo descubrir si traía ropa interior debajo de mi falda. Al principio me incomodó, pero no le di mucha importancia. Siempre me ha gustado presumir mi cuerpo, enseñarlo. Siento muy bien cuando se me quedan viendo al caminar por las calles. Eso vuelve loco a mi marido. Si bien no tengo unos senos muy grandes, tengo muy buen trasero y mis piernas siempre me las han envidiado mis amigas. Soy blanca y de ojos miel. Mi pelo es ondulado y me gusta mucho el color rojo para teñírmelo.

Bueno, me desvié un poco de la historia. El caso es que Javier me dijo que estaría viviendo solo durante los dos últimos meses de embarazo de su mujer y la cuarentena después del nacimiento. Yo solo le dije que deseaba que su esposa se recuperara y me dirigí a mi departamento. Al llegar sentí un calor extraño. Me puse a pensar en la manera en que Javier me veía, como si me deseara, como rogándome que le dejara ver más que mis piernas. Por supuesto, aunque me excitó un poco traté de que no pasara a más pues llevaba apenas cuatro meses de casada, pensé en mi esposo y ese día hasta ahí quedó el asunto.

Los encuentros entre Javier y yo se hacían cada vez más frecuentes desde ese día, hasta llegué a pensar que él me esperaba para poder platicar conmigo. Estuve tentada a comentarle a mi esposo cuando llegó, pero ellos ya se habían vuelto como amigos, así que no quise importunar su amistad. Y para ser un poco más sincera, me gustaba encontrarme a Javier, me gustaba la manera en que me miraba, como desnudándome con la mirada, y claro, si eso pasaba es por que de alguna manera yo lo había dado pie a que lo siguiera haciendo.


Muchas veces entraba a mi departamento con la entrepierna completamente húmeda por la excitación que me causaba las pláticas y las miradas de Javier. Aunque hasta ese día no había existido ninguna insinuación de su parte más que las miradas.

Uno de esos días, mientras hacía mis deberes, vi cuando Javier llegó en su carro. En ese momento sentí ganas de topármelo, pero quería darle un toque excitante al asunto, así que me puse rápidamente una falda sin ropa interior por debajo. Una blusa que me permitiera mostrar mi escote (por muy pequeño que este fuera), tomé mi bolso y me salí con el pretexto de comprar las cosas para la comida. Javier y yo nos topamos en el segundo piso cuando él subía y yo bajaba. Cuando nos saludamos pensé que no había notado nada, pero al despedirnos me dijo con una sonrisa que se me veía muy bien la conchita rasurada.

Tal vez cuando volteó para arriba hubo algún momento donde sin quererlo lo dejé ver por debajo de mi falda y había notado que no había vello púbico en mi entrepierna. En ese momento me puse muy roja, me avergoncé y no dije nada, solo seguí bajando y fui a comprar lo que necesitaba. Al volver, él estaba sentado en las escaleras esperándome. Si me sorprendió un poco, pero traté de ignorarlo, solo lo saludé y fui hacia mi departamento.

Cuando abrí la puerta de el departamento, él me preguntó si lo de no ponerme ropa interior lo había hecho por él, le respondí que no, aunque el sabía que mentía. “¿No me invitas a pasar Sofía?” me dijo después. Le comenté que mi marido podría llegar en cualquier momento, pero él ya sabía que mi marido llega hasta pasadas las 7 de la tarde. Dejé las cosas sobre la mesa de centro de la sala, y cuando me agaché para hacerlo sentí como sus manos me sostenían de la cintura por detrás. Mi corazón comenzó a palpitar aceleradamente. Me alejé rápidamente y me soltó por un momento, pero en seguida se me volvió a acercar tomándome de nuevo por la cintura ahora de frente.

¿Qué estás haciendo? dije con un tono molesto, pero al terminar quise quitarme, pero él era más fuerte que yo. Comencé a sentir sus labios en mi cuello, y sus dedos metiéndose entre mis labios vaginales. Enseguida lo empujé alejándolo de mí. Mi respiración estaba a cien, y sentía mi vagina palpitar al igual que mi corazón. Los jugos vaginales se escurrieron por mis piernas y él solo se quedó parado a dos metros de mí. Me dijo que lo sentía, que había pensado que yo también lo quería, se dio la vuelta y se fue a su departamento.

Mi respiración no cedía, y mi vagina seguía tan caliente como cuando él la había manipulado con sus dedos mágicos. Comencé a masturbarme pensando en lo que él hubiera podido hacer si yo lo hubiera dejado, y alcancé un orgasmo enorme que me hizo temblar. Tenía la mano completamente empapada de mis jugos lubricantes, pero mi vagina seguía palpitando. Yo seguía calientísima y no quería conformarme con un dedo para calmar mi calentura. Tomé una toalla y me sequé la entrepierna y mis piernas, pero de mi vulva seguía saliendo líquido.

Tomé las llaves del departamento y salí de el. Crucé el pasillo y estaba apunto de tocar la puerta del departamento de Javier cuando me di cuenta que su puerta estaba entre abierta. La abrí lentamente y entré. Las cortinas estaban cerradas, el departamento estaba completamente oscuro aunque solo eran las 3 de la tarde. Entré sigilosamente, estaba muy nerviosa, me excitaba lo que estaba haciendo. La poca luz que pasaba a través de las cortinas me permitía ver por donde caminaba.

La puerta de la habitación principal estaba abierta, en la cama distinguí la silueta de Javier acostado boca arriba. Solo tenía puesto un bóxer claro. Entré a la habitación, Javier había decidido tomar una siesta después de mi rechazo. Dejé mis llaves en el tocador sin hacer ruido y me acerqué a él lentamente. La respiración de Javier era todo lo que se escuchaba en la habitación. Me senté a un lado de él, con mi mano toqué mi vagina, estaba muy mojada y la acaricié un minuto dudando si debería estar haciendo lo que hacía, si debería estar ahí.

Con cuidado saqué su flácido pene por la abertura del bóxer, un pene hermoso, jamás había visto en persona un pene sin circuncisión. Me hinqué en la cama y me incliné. Puse su pene en mi boca y comencé a chuparlo tiernamente. Pronto comenzó a adquirir tamaño, era impresionante, unos 20 centímetros si no es que más. Seguí masturbándolo con una mano, y con la otra acariciaba mis labios vaginales. Mi mano estaba de nuevo llena de lubricante de mi vulva.

Javier despertó sin decir una palabra, solo sentí sus manos acariciando mi cabello mientras metía su enorme y delicioso falo en mi boca. Dejé escapar unos gemidos de mi boca, y sentí la respiración de Javier, sentí como se aceleraba. Lo despojé de su bóxer y él se levantó acariciándome los hombros mientras me daba un profundo beso que me causó un estremecimiento en todo mi cuerpo.

Me despojó de toda mi ropa, y siguió besando mi cuello y mis hombros, pasándose a mis senos.

Enseguida me recostó lentamente y fue besando desde mi cuello hasta abajo, llegando a mi pubis. Con sus manos abrió mis labios vaginales, y con su lengua buscó mi clítoris y comenzó acariciarlo con la punta de su lengua.

Yo estaba vuelta loca, mis gemidos eran tan fuertes que temí que alguien nos escuchara. Con ambas manos agarró mis nalgas, y levantaba mi cuerpo, arriba y abajo, mientras con su lengua chupaba todo mi sexo y momentáneamente metía su lengua en mi orificio. Pronto cedió, y me volvió a besar la boca.

Él tenía la cara completamente mojada por mis líquidos sexuales, pude percibir el aroma y el sabor de mis jugos cuando me besó.

Con mis manos busqué su enorme falo, y desesperadamente lo metí en mi conchita. Al principio solo permitió que la cabeza entrara, y yo apretaba las piernas y le gritaba que lo metiera todo, pero él se hacía de rogar. Pero cuando menos me lo esperaba, lo metió todo de un solo golpe, mi gemido pareció más un grito que otra cosa. Siguió metiéndolas de golpe hasta el fondo y sacándola lentamente.

Así estuvo más de 10 minutos, yo sentía que a cada acometida mi cuerpo perdía fuerzas. Mis gemidos era todo lo que se escuchaba en la habitación. Comenzó a hacerlo cada vez más rápido, mi cuerpo comenzó a entrar en un estado de excitación que jamás había sentido.

Las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, y dejar de gemir o reprimirlo era completamente imposible. Unas ganas de llorar combinadas con unas ganas de reír y de gritar se hicieron presentes. Javier seguía cogiéndome rápido y fuerte y yo terminé casi con un desmayo y un grito, un orgasmo como jamás lo había sentido.

Duré 5 minutos antes de recuperar por completo el control de mi misma, la sensación del orgasmo me duró todo ese tiempo y yo apretaba las sábanas sintiendo el calor del semen de Javier, entrando en mis entrañas.

Después de ese orgasmo cada caricia era como uno más pequeño, mi cuerpo quedó tan sensible que cuando Javier metió dos dedos volví a tener otro orgasmo más pequeño.

Cuando recuperé las fuerzas me levanté sintiendo la cama completamente húmeda. El cuarto por completo olía a mi líquido lubricante y a sudor de los dos. Me puse mi ropa y regresé a casa, ese día no pude mirar a mi marido a los ojos.

Me prometí a mi misma jamás volver a serle infiel, pero en estos tres años he caído de nuevo más de una vez. Estoy segura que querrán saber como fue.

Autora: Sofía

Cuernos familiares

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La volqué sobre el escritorio, ensartada desde atrás, placer ilimitado, las contracciones vaginales que transmite a la barra de carne apuran la eyaculación. Gime triunfal en su “llegada” con el final de la emisión seminal, la frutilla al postre de este polvo fenomenal, que excede lo esperado. Este fue el inicio, llevamos seis meses de relación, Berta, lleva dos con el resultado de los cuernos.
Este relato me sirve de catarsis, para poder procesar el engaño que me vincula con mi cuñada.

Sucedió una tarde, Berta, mi cuñada, se aparece en mi trabajo con una excusa trivial, por cortesía pregunté qué le sucedía… cayó el muro de silencio, dejó fluir todas las carencias. Se abrió a la confidencia, mujer insatisfecha y desatendida, Raúl no atiende sus necesidades, cada día está más caliente y sin consuelo.

-Marce, ¡no me aguanto más!

Rompió en lágrimas.

Mi pañuelo contuvo sus lágrimas, mis brazos sus pechos en el abrazo contenedor, expresó cuánto me necesita.

-Marce, si no es con vos salgo y me hago coger por cualquiera, y vos no querés eso, ¿no?

Era evidente, decisión y ganas de carne.   Me comió la boca, metió su lengua inquieta en mi boca.

La carne… es débil, la mía endureció en su mano, Berta encendió el deseo, y cómo.

Busqué sus nalgas, ella liberó el choto (pene), lo guió por el borde de la tanga hasta la cueva mojada, húmeda y jugosa que facilita el acceso carnal, enchufados, en el sillón, los brazos al cuello y las piernas en mi cintura, traga cuanto le metí.

Todo es poco para Berta, no para, vive la cogida como sedienta un vaso de agua en el desierto. Valió la pena verla acabar, la vagina se contrae en torno del miembro, que no paraba de bombear.

El orgasmo, más largo que los de mi mujer, me sentí más caliente cuando me desleché.

Quedó con la concha rebosante de pecado, olvidé pedir permiso.

- Me gustó sentir tu leche calentita, me lavo y listo.   – Obvió la disculpa en ciernes.

Estoy al re-palo, listo para repetir, desnuda, pechos turgentes, resaltan las poderosas caderas cuando la volqué sobre el escritorio, ensartada desde atrás, placer ilimitado…

Las contracciones vaginales que transmite a la barra de carne apuran la eyaculación.

Gime triunfal en su “llegada” con el final de la emisión seminal, la frutilla al postre de este polvo fenomenal, que excede lo esperado.

Este fue el inicio, llevamos seis meses de relación, Berta, lleva dos con el resultado de los cuernos.

Tenemos el sexo satisfecho y la familia tranquila.

Todo queda en familia.

Quisimos escribir este caso para hacer ver a otros, que con equilibrio y discreción se puede.

Berta y Marcelo los saluda con afecto.

Es mi primera colaboración, si les ha gustado me gustaría saberlo, como así también conocer su opinión, sobre todo la opinión de las mujeres lectoras.

Autor: El Marques
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